Una sala de jardín infantil llena de botas de agua, en medio de uno de los habituales días lluviosos del sur de Chile, fue el punto de partida de Caranca, emprendimiento fundado por Domi Hollemart que busca combinar sustentabilidad, innovación y desarrollo productivo regional mediante la fabricación de botas y vestuario impermeable a partir de materiales reciclados.
La historia comenzó hace aproximadamente nueve años, cuando Hollemart llegó desde Santiago a Puerto Varas junto a su familia. En ese momento trabajaba en una consultora de responsabilidad social, mientras su marido se desempeñaba en un laboratorio.
La decisión de cambiar de vida vino acompañada de la idea de emprender, pero bajo tres condiciones: que el proyecto fuera sustentable, económicamente rentable y respondiera a una necesidad real, aportando además a la Región de Los Lagos.
Durante tres meses, Hollemart y su marido se reunieron periódicamente para buscar una idea de negocio. La respuesta apareció, literalmente, bajo la lluvia.
Al ingresar al jardín infantil de uno de sus hijos, Hollemart encontró una sala llena de botas de agua. Al observarlas, detectó que ninguna exhibía características asociadas a materiales sustentables y, además, consideró que podían mejorarse aspectos como su comodidad y adaptación a las condiciones climáticas del sur.
“Mientras llovía y llovía, entramos a una sala que estaba llena de botas de agua. Las di vuelta y ninguna decía nada de etiquetas sustentables. Me di cuenta también de que eran frías, que eran duras. Aquí hay algo”, recordó.
Caranca y la apuesta por fabricar botas sustentables
A partir de esa experiencia comenzó la investigación para determinar qué materiales podían recuperarse y convertirse nuevamente en productos útiles.
Según explica la fundadora, Caranca comenzó a reutilizar descartes provenientes de otras fábricas y marcas, incorporando materiales de botas de caucho y productos infantiles fabricados en goma EVA.
El objetivo fue aprovechar esos residuos como materia prima para nuevos productos, incorporando principios propios de la economía circular.
“Pareciera ser que es económicamente rentable porque aquí hay una pieza llena de botas de agua, o sea, se usan. Bueno, hagámoslas sustentables. Si no existe, seamos los primeros”, relató Hollemart.
Así nació Caranca, que su fundadora define como “la primera bota de agua sustentable del mundo”.
Del calzado al vestuario impermeable para trabajadores
Con el crecimiento del emprendimiento apareció un nuevo desafío. Clientes vinculados principalmente a actividades productivas comenzaron a preguntar por elementos de protección y vestuario impermeable, especialmente para labores desarrolladas permanentemente bajo la lluvia, en el barro o en ambientes húmedos.
“Si ya inventamos unas botas de agua, podemos inventar cualquier cosa”, recuerda Hollemart sobre el momento en que decidieron ampliar la propuesta.
Caranca comenzó entonces a desarrollar una línea de productos para el trabajo, incluyendo mangas, pecheras e implementos impermeables.
Uno de los sectores donde detectaron esta necesidad fue la industria lechera del sur de Chile, donde los trabajadores requieren protección permanente frente al agua y la humedad.
Para avanzar en esta nueva línea, la empresa postuló a un proyecto de Corfo, obtuvo financiamiento y comenzó a trabajar junto a Plus Industrial en el desarrollo de mangas y pecheras sustentables.
De botellas plásticas a prendas impermeables
Uno de los principales desafíos fue encontrar una tela capaz de responder a las exigencias de este tipo de vestuario y, al mismo tiempo, mantener el componente sustentable del proyecto.
Tras buscar alternativas en Chile sin encontrar el material requerido, Caranca llegó hasta Colombia, donde encontró una tela fabricada a partir de plástico reciclado.
El proceso permite que botellas plásticas sean transformadas en poliéster, material que posteriormente se utiliza en la elaboración de una tela impermeable destinada a la confección de mangas y pecheras.
“Esta tela está hecha de botellas plásticas. Estas botellas se convierten después en poliéster y este poliéster se fusiona con otras cosas y se genera una tela impermeable y sustentable”, explicó Hollemart.
De esta manera, un material que originalmente fue utilizado como envase puede volver al ciclo productivo convertido en vestuario destinado a trabajadores.
“Con los pies en el barro”: productos diseñados junto a los trabajadores
El desarrollo de las prendas no se realizó solamente desde un escritorio.
El equipo de Caranca visitó campos y lecherías del sur, conversó directamente con trabajadores y observó las condiciones reales en las que utilizan este tipo de implementos.
“Estuvimos con los pies en el barro, al lado de las vacas y de los lecheros, y a los lecheros les preguntamos cómo les gustaría que fuera una manga y una pechera que fuera útil para ellos”, señaló la fundadora.
Esa experiencia permitió incorporar modificaciones orientadas a mejorar la comodidad, resistencia y durabilidad de los productos.
Para Hollemart, existe además un principio que antecede incluso al componente ambiental.
“¿Cuál es nuestra bandera? La calidad, primero siempre, la calidad. Luego se enteran de que es sustentable”, afirmó.
La incorporación de mujeres también cambió el diseño
Durante este proceso, Caranca detectó otro cambio relevante en las actividades productivas del sur: una mayor presencia de mujeres trabajando en la industria lechera.
El problema era que buena parte del vestuario disponible había sido diseñado tradicionalmente pensando en cuerpos masculinos.
La empresa decidió entonces desarrollar pecheras ajustables capaces de adaptarse a diferentes cuerpos, incorporando un sistema de tiras que permite regular la prenda.
Además, según explica Hollemart, se buscó eliminar componentes plásticos presentes en diseños tradicionales y reemplazarlos por soluciones más simples.
Confección en Puerto Montt y trabajo con mujeres jefas de hogar
Parte del proceso productivo de esta nueva línea se desarrolla en Puerto Montt, donde Caranca trabaja con un taller encargado de confeccionar las prendas.
La elección no fue casual.
Según explica su fundadora, el taller trabaja con mujeres, entre ellas jefas de hogar, y comparte principios relacionados con la sustentabilidad y el impacto económico, social y ambiental.
Además, se trata de una Empresa B, característica que fue considerada por Caranca al momento de establecer esta alianza.
“Caranca se quería juntar con un aliado que tuviera el mismo espíritu; que le importara con quiénes trabajábamos, que le importara el medio ambiente y que le importara la parte económica, social y ambiental”, sostuvo Hollemart.
La colaboración como motor de la economía circular
Para Domi Hollemart, el crecimiento de Caranca demuestra que avanzar hacia una economía circular no depende solamente de una empresa o de un producto, sino de la capacidad de generar redes de colaboración.
“La colaboración es clave, clave, clave. Es apoyarse, es empatía, es un bien común y entender que yo soy un granito de arena en lo que quiero lograr, que es movilizar a una economía circular”, afirmó.
Esa filosofía ha llevado al emprendimiento a relacionarse con proveedores, talleres, trabajadores e industrias para desarrollar soluciones que respondan tanto a necesidades productivas como ambientales.
“Me junto con personas mejores que yo, que me enseñan, que me desafían, que me invitan a crecer juntos. Para mí Caranca es expansión y la expansión no la entiendo sin la colaboración”, agregó.
Lo que comenzó con una sala llena de botas de agua en un lluvioso Puerto Varas terminó convirtiéndose en una propuesta que conecta reciclaje, innovación, diseño, industria y producción local.
Una historia que, como resume la propia Domi Hollemart, “nació bajo la lluvia”.